La tristeza y soledad espiritual (depresión)

Envío mis palabras a todos aquellos cuyo corazón y espíritu se encuentra abatido por las penas y el dolor.

En mi palabra existe la miel para endulzar vuestra existencia y apartar para siempre la amargura, que ha sido en todos los tiempos el triste sabor de vuestra vida.

Deseo que el incomprendido por la humanidad, se sienta comprendido por Mí. ¿Por qué os veo caminar cabizbajos como fracasados? ¿Estáis cansados de esta vida? Pues descansad un instante y decidme vuestras cuitas.

Venid a Mí siempre que os encontréis afligidos por las penas, siempre que necesitéis un confidente, o un amigo bondadoso, buscadme y os aconsejaré el mejor camino.

Cuando el dolor os agobie y las penas de la vida aniquilen vuestros sentidos, no dudéis de Mí. A los que sufren y sollozan, a los que se nombran desheredados, a los que dicen que su estrella no brilla y a los que lamentan haber venido a la vida para llorar, os digo: no perdáis la esperanza de llegar a sentirme, porque la esperanza procede de la fe, es la fuerza que produce aquello que nombráis milagros.

¿Por qué caéis en el abismo de la desesperación y de la desconfianza? Tomadme como vuestro confidente y depositaré en vosotros la paz. No os deis por vencidos, no os confeséis nunca fracasados. Todos necesitáis la palabra de aliento que venga a reanimaros; si os llamáis incomprendidos, os digo que conozco todo lo que pasa en vuestro interior y os daré la solución que buscáis.

Vengo como Padre para que en Mí encuentren calor los que en el mundo han carecido de amor, de afecto y de ternura. Vengo como Doctor para que depositéis en Mí vuestras dolencias, cuitas y todos los sufrimientos recónditos que han enfermado al espíritu y al cuerpo.

Vengo como amigo para que me confiéis vuestros más íntimos secretos, luchas y anhelos. Todos tenéis una herida, ¿quién como Yo para penetrar en vuestro interior?

Sé de vuestra amargura, tristeza y desaliento ante tanta injusticia e ingratitud que existe en el mundo; sé de la fatiga de los que han vivido y luchado mucho y cuya existencia es para ellos como un pesado fardo; sé del vacío de los que se van quedando solos en esta vida. A todos os digo: Pedid que se os dará, porque a eso he venido, a daros según necesitéis de Mí, ya sea compañía, paz o tranquilidad.

Mis palabras son gotas de rocío que descienden al corazón, porque lo encuentro marchito, pero sabed que no me concreto a sentir vuestras aflicciones, sino que vengo a remediarlas, y ofreceros al mismo instante un sustento y un aliciente.

Vengo a mostrarme como Padre, jamás indiferente a vuestros sufrimientos y siempre indulgente y misericordioso ante vuestras imperfecciones. Lo mismo el hombre solitario e incomprendido, que el hombre convertido en esclavo de pasiones o vicios, que la mujer abandonada o la doncella temerosa de enfrentarse a la vida. Lo mismo el padre o la madre que me presentan sus problemas, que el huérfano que no tiene amparo en el mundo. A todos les escucho y les toco el corazón con el fino cincel de mi palabra.

Sois como avecillas perdidas que en vez de trinar, gimen angustiosamente.

Quiero que adquiráis sensibilidad espiritual, para que con ello endulcéis vuestra tristeza.

Si las fieras en las selvas, las aves en el espacio y las flores en los valles, reciben a cada instante el amor y vida de su Padre, ¿cómo será posible que lleguéis a pensar que Yo os niegue un sólo segundo la gracia de mi amor cuando lleváis en vuestro ser un fragmento de mi propia Divinidad?

Todo ser humano siente vivir dentro de sí a su propio espíritu y siente a veces el anhelo que una mano invisible se tienda sobre él. Cuando la pena invade su corazón, levanta su vista al cielo en busca de resignación y grita desde lo más profundo de su ser para ser oído. ¿Cómo puede pensar que su voz llegue al Creador y que su rostro afligido sea visto por Él? ¿Cómo puede abrigar la idea de que su Señor le conozca?

El corazón que no ha sabido de ternura, de comprensión o de cariño, de pronto se siente envuelto en la ternura de mi palabra con un amor infinito y siente desbordar el torrente de su dolor contenido por mucho tiempo. En estos instantes, dejad en Mí toda queja y dolor. Dejaos envolver en Mí, para que olvidéis tristezas, lutos, miserias y lágrimas y dejéis de ser los parias del mundo.

Seres enfermos, tristes y necesitados de amor espiritual: Veréis cómo la serenidad del espíritu aquieta el mar tempestuoso de vuestras pasiones.

¿Por qué lloráis? No siempre sabéis la causa, a veces es porque la lucha ha sido cruenta, a veces porque la vida os ha azotado con ingratitudes, desengaños, fracasos, enfermedades o lutos; pero hay ocasiones en que sin tener ninguno de esos motivos, habéis llorado mucho.

Yo sé el por qué de ese llanto sin motivo aparente, Yo conozco su origen, es vuestro espíritu el que llora. Cada lágrima es un caudal de ternura contenida, de dolor por sentirse cautivo, de arrepentimiento por los errores cometidos, de pena por haber debilitado, de tristeza por el tiempo perdido. ¿Qué sabe de todo esto la materia? Por eso es que muchas veces habéis creído que llorasteis sin motivo.

¿Es una falta llorar delante de Mí? En verdad os digo que, quien no experimentase esa necesidad de desahogar una pena o de expresar una suprema alegría, es que en lugar de corazón tiene una piedra, porque no siente en ninguna forma mi presencia.

Llorad, porque también el llanto es un medio que he otorgado al hombre para que se purifique y se libre del fardo que le agobia. Veréís cómo después os sentiréis más libres, más ligeros, limpios y fuertes, llenos de ánimo y de fe para emprender nuevamente el camino de vuestra vida.

El llanto en los instantes de vuestra meditación, es prueba de sincera emoción y cada lágrima es más elocuente que mil palabras, de las más hermosas y expresivas de vuestro idioma; pero no en todos se manifiesta por medio de lágrimas el llanto del espíritu, el arrepentimiento o el gozo. En muchos de mis hijos ese sentimiento es interior, oculto, callado, visible sólo para Mí. Ellos parecerán insensibles o impasibles, pero su corazón es tanto o más sensible que quienes exteriorizan sus sentimientos.

No temáis llorar delante de Mí, varones, que las lágrimas no sólo son del niño o de la mujer; bienaventurados los que lloren delante de Mí, porque mi mano enjugará su llanto y mi palabra de consuelo descenderá a su corazón.

Hombres y mujeres que mucho habéis llorado en la vida, a vosotros está dedicada esta lección. Veréis qué consuelo tan dulce penetra en lo más recóndito de vuestro ser y una sensibilidad que nunca antes habiáis experimentado, sorprenderá vuestras fibras dormidas dejándoos sentir mi presencia, así, en vuestras penas, alegrías y en los momentos de paz.

Bienaventurados los que saben llorar de amor, porque ésa es la prueba de que su espíritu y su corazón viven en armonía. Son los instantes de vuestra meditación, la hora propicia para que comprendáis y sintáis mi amor, el momento en que casi sin daros cuenta, se abre vuestro corazón como una flor y de vuestros ojos brota dulcemente el manantial del llanto. Esas lágrimas hablan más que todas las palabras y dicen más que todos los pensamientos. En ellas hay sinceridad, humildad, amor, gratitud, contricción y promesas. Al oírme hablar así os sentís comprendidos y amados por Mí.

Sí, a todos os contemplo y a todos os escucho; sé vuestros nombres, conozco todas vuestras necesidades, oigo vuestro clamor y vuestras peticiones y recibo de todos las súplicas y las ofrendas. Sí, sois mis hijos porque de mi Espíritu brotasteis, ¿cómo no he de conoceros y amaros?