Las Guerras

Llenas de orgullo se levantan las grandes naciones pregonando su poderío, amenazando al mundo con sus armas, haciendo alarde de inteligencia y de ciencia, sin darse cuenta de lo frágil que es el mundo falso que han creado, pues bastará un débil toque de mi justicia para que ese mundo artificioso desaparezca.

Voy a probar a la humanidad que sus problemas no se resolverán por la fuerza y que mientras haga uso de armas destructoras y homicidas, por terribles y fuertes que ellas parezcan, éstas no serán capaces de hacer la paz entre los hombres; al contrario, traerán como consecuencia mayores odios y deseos de venganza.

Humanidad, la guerra acecha vuestro mundo. No dejéis que el hambre, la peste y la muerte penetren entre vosotros. Si faltare fuerza a vuestra fe, tendréis que mesar de desesperación vuestros cabellos al ver a vuestros hermanos matándose, a vuestros hijos sufriendo el hambre; el agua que bebáis será amarga, vuestros montes y vuestros valles se secarán y los árboles no darán frutos,

Cuántas y espantosas guerras esperan a la humanidad, mucho más aterradoras que las que han pasado: en las que el furor de los elementos desencadenados, se confundirá con el estruendo de vuestras armas; el mundo será pequeño para contener en su seno tanta destrucción. Todo ello traerá como consecuencia que los hombres, habiendo llegado al máximo de su dolor y de su desesperación, se dirijan suplicantes al Dios verdadero, al que no quisieron llegar por el camino del amor, para pedirle su divina paz.

Del oriente al occidente se levantarán las naciones desconociéndose y del norte hacia el sur también se levantarán para encontrarse todas en la encrucijada, con cuyo choque se producirá una inmensa hoguera en la que arderá el odio, se extinguirá el orgullo y se consumirá la mala yerba.

Todavía veréis a un poderoso lanzarse sobre otro poderoso para destruirle y quedarse como señor de la Tierra. No se dan cuenta de que ese poder que buscan no va a serles concedido, porque están traspasando los límites del libre albedrío.

Cuando al fin de la lucha quede uno de pie y quiera lanzar el grito de victoria, contemplará que su reino es de ruinas y cadáveres, que su imperio es de miseria y de muerte y ese será el fin de las guerras en el mundo.

Todavía habrán de cegarse más los hombres, cuando la desesperación, el odio, el terror y el dolor lleguen a sus límites.

Después vendrán todas las consecuen¬cias: la peste, el hambre y la muerte; no habrá un lugar libre de ese exterminio.

Las guerras fratricidas profetizadas desde los tiempos pasados os hacen estremecer día a día; sus rumores os inquietan y sus consecuencias os hacen derramar lágrimas, Esos hombres que hacen las guerras con sus ambiciones y sus odios, son mis hijos que me buscan en altares y me adoran en tabernáculos sin darse cuenta de que en lugar de una ofrenda de amor vienen a ofrecerme la sangre de sus víctimas. ¡Ah, hombres ciegos que en su orgullo se sienten absolutos olvidando que son muy pequeños ante mi Divinidad! Ha llegado a su límite la vanidad humana y es menester que le haga sentir mi presencia y mi poder; no es necesario que use toda mi omnipotencia para probaros mi grandeza; un débil toque o un leve soplo de los elementos me bastan para demostrar al hombre necio y vanidoso su pequeñez.

Mirad la guerra, el hambre, la peste y la muerte como un tétrico cortejo que va de pueblo en pueblo sembrando el luto, la desolación y el exterminio...¿En dónde está vuestra civilización humanidad?