¿Cual es la verdadera caridad y como se hace?

En verdad os digo, que todo lo grande y lo bueno que existe en el espíritu, jamás lo habéis dado porque ni siquiera lo conocéis.

Es menester que conozcáis el significado inmenso de la caridad, porque entonces sabréis las maravillas que hace el verdadero amor.

¡Qué hermoso será vuestro mundo, cuando los hombres hayan descubierto en su espíritu el tesoro bendito con que su Creador les dotó desde el instante mismo de su formación!

Os haré comprender cuánto lleváis en vuestro corazón, para que nunca os sintáis menesterosos ante los verdaderos necesitados.

La caridad es una de las flores más bellas del amor y es precisamente los pétalos de esta flor los que quiero que se abran en vosotros para esparcir su esencia entre vuestros hermanos, porque la caridad es reflejo de amor y de sabiduría.

Es necesario que aprendáis a mirar un poco afuera de vosotros, algo más allá de vuestro hogar y de vuestros afectos, para que comprendáis el dolor de los demás.

Que la bondad despierte en vuestro corazón, para que el espíritu pueda desbordarse y cumplir con el máximo mandamiento que está escrito en vuestra conciencia: "Amaos los unos a los otros".

Si en vuestra vida habéis practicado la caridad, continuad haciéndolo; si no, entonces empezad con el primer necesitado que llame a vuestra puerta, ya sea un enfermo del espíritu o del cuerpo, un corazón desolado, una viuda, un anciano o un niño.

Visitad y ungid al enfermo, confortad al presidiario, y llevad el consuelo al corazón angustiado.

No cerréis vuestra mano ante el necesitado, ni le juzguéis indigno de vuestra caridad, porque sea malvado, según vosotros.

Mientras más grande sea el abismo en que hayan caído vuestros hermanos, mayor deberá ser vuestra paciencia y vuestra caridad para ellos.

No miréis con indiferencia a los que sufren, no despreciéis a los pobres, impartid la caridad, dejad que mi luz ilumine su vida, que el amor que he depositado en vosotros, llegue a ellos y les dé calor, aliento y esperanza.

Yo estoy en todos, lo mismo me oculto en el corazón del poderoso, que en el del pordiosero. Por eso os digo, que cuando veáis llegar a vuestras puertas al menesteroso, no le neguéis la caridad; porque vuestro Padre será el que esté llamado a vuestro corazón.

Si observáis a la niñez, veréis que hay muchos pequeños sin amor, sin ley y sin pan. Sí penetráis entre la juventud, encontraréis la lucha de pasiones, los caminos equivocados; y si miráis entre los hombres y mujeres que han alcanzado la madurez en la vida, encontraréis entre muchos de ellos las tragedias, el vicio, el cáliz amargo, a veces la viudez, la falta de esperanza y de fe, así como de un verdadero aliciente espiritual que les conforte y les sostenga.

Quiero que aprendáis todos los medios y las formas de hacer la caridad para que no me digáis: Padre ¿Cómo queréis que comparta con mis semejantes mi pan o mis monedas si son tan escasos?

Si estáis pobres materialmente y por esa causa no podéis ayudar a vuestros semejantes, no temáis, orad y Yo haré que donde no haya nada, brote luz y haya paz.

Nadie diga que no está en condiciones de hacer obras de caridad, tomando en cuenta su pobreza material, porque será su ignorancia, su falta de fe y su pequeñez espiritual, las que hablen así.

En verdad os digo, que si en muchas ocasiones vuestras manos se encuentran vacías ante el menesteroso, vuestro espíritu siempre encontrará en sí mismo algo que dar.

Mas cuando vuestra conciencia os diga que tenéis que despojaros de algo material para entregarlo al necesitado, no queráis sustituir aquella caridad con una oración. No debéis ocultar o disimular vuestro egoísmo con oraciones espirituales, no queráis que aquello que vosotros podéis hacer, lo haga el Padre, ni debéis evadir el cumplimiento de vuestro deber diciendo que con la intención ha sido bastante.

Aprended de vuestro Padre que todo os lo da, lo mismo para el espíritu que para la materia. Aprended de Jesús que os enseñó a dar todo por caridad hacia vuestros hermanos.

Os doy la oportunidad de amarme verdaderamente, sirviéndoos y amándoos para que mi ejemplo os enseñe a amaros los unos a los otros, demostrándoos que no es preciso dar una moneda para practicar la caridad, haciéndoos comprender que el que se crea más pobre, tiene un caudal inagotable de bienes que ofrecer a sus hermanos.

La caridad que hagáis por medio de una moneda, con ser caridad, será la menos elevada que hagáis.

Podéis dar, no solamente los bienes que poseéis en la Tierra, sino los que posee vuestro espíritu, mente y corazón. Lo que no podáis hacer con vuestra palabra, hacedlo con la oración.

¿Cómo vais a amaros los unos a los otros con la perfección que Yo os enseñé, si no os reconocéis como hermanos? Necesitáis tomar la esencia que lleva el espíritu, para que vuestro amor sea verdadero amor y vuestra caridad sea verdadera caridad; algo más que palabras vanas, que míseras monedas, o el mendrugo de pan que sobra en vuestra mesa y que son los únicos medios que empleáis para haceros creer que practicáis la caridad y que os amáis los unos a los otros.

Los hombres han confundido la verdadera caridad olvidando uno de los sentimientos más elevados del espíritu, con el materialismo que se manifiesta en todos sus actos. Os he visto dar con desprecio y aún con asco, unas monedas a vuestros hermanos los pobres, y dais monedas, porque en el corazón no tenéis nada que dar; si al menos las dieseis con amor o con deseo de ayudar, pero las dais con orgullo, con ostentación, humillando al menesteroso. Si las dieseis sin vanidad ni repulsión, vuestra pobre moneda en parte mitigaría el hambre y la sed de amor de esos espíritus en plena restitución.

A los que así entienden la caridad y con esas obras imperfectas tratan de acallar la voz de la conciencia y pretenden hacerme creer que cumplen con una de mis más elevadas enseñanzas, vengo a deciros: Recogeos en vuestra alcoba y en vuestra oración comunicaos conmigo, para que en esa comunión, sintáis en vuestro interior un destello de bondad y gratitud hacia el Padre, y sintiendo el dolor de vuestros semejantes, pidáis por ellos, lo que ya sería un paso hacia la espiritualidad.

No penséis que para practicar la verdadera caridad, ya es suficiente con sentir compasión, como hasta hoy lo habéis hecho; aun queda mucha frialdad que es menester tornar en calor espiritual, para que al fin, surja de vuestro espíritu el sentimiento de amor, que es la fuente de donde brotan la piedad, la caridad y todos los sentimientos nobles y elevados.

Debo deciros que ese sentimiento no ha sido debidamente interpretado. La caridad es un nombre que vosotros le dais a determinadas acciones que lleváis a cabo, las cuales en la mayoría de los casos, no llevan en su fondo piedad o una verdadera intención de aliviar una necesidad.

Quien piense que para acercarse a Mí deberá dedicar su vida tan sólo a dar, sin esperar recibir, a sacrificarse sin ninguna compensación inmediata, está en un error; por que siendo como sois imperfectos y pecadores, el que os busque para pediros será quien venga a favoreceros, porque al utilizaros os da la oportunidad de que os acerquéis a vuestro Padre.

La caridad verdadera de donde nace la piedad, es la mejor dádiva que podréis depositar en los necesitados. Si al dar una moneda, un pan o un vaso de agua, no tuvieseis en vuestro corazón el sentimiento de amor hacia vuestros hermanos, en verdad os digo que nada habréis dado, más os vale no desprenderos de aquello que dais.

Cuidaos de entregar una caridad aparente, llevando en vuestro corazón el egoísmo. Haced cuanto bien podáis sin interés personal alguno. Hacedlo por amor.

Sabed que por mucho que poseáis, si no dieseis nada, es como si nada tuvieseis. Por eso muchas veces os he reclamado que habiendo recibido tanto de Mí, venís y me mostráis vuestras manos vacías, porque nada han dado, porque no han sembrado mi palabra de amor.

¡Dejad que la conciencia os ordene y os dicte siempre en que forma tenéis que entregar la caridad y si hay la necesidad de despojaros de algo vuestro, no le duela a vuestro corazón! Tended la mano y miraréis la dicha en vuestro espíritu, entonces sentirá vuestro corazón el gozo en vuestro Padre.

¿Qué podrá negar el Padre a su hijo, cuando éste espiritualmente se acerque para solicitar algo para su cuerpo, pequeña y frágil criatura material? Así os enseño a pedir, mas cuando se trate de dar, os digo: Repartid y dad amor, porque, ¿De qué os servirá dar la parte material si en ella no pusieseis amor? Cuan difícil os ha parecido administrar debidamente los bienes que habéis poseído en el mundo. Unos quieren tener sólo para sí, otros, teniendo demasiado, no sienten el deber de compartirlo.

Tened un conocimiento verdadero de lo que es la caridad, de cómo sentirla y cómo impartirla, para que llegue a ser limpia.

Que siempre ignore vuestra siniestra lo que dé vuestra diestra, es decir, que no deis con ostentación porque con ella destruiríais toda obra de caridad.

Pero habrá ocasiones en que vuestra caridad tenga que ser vista por vuestros hermanos para que aprendan a impartirla.

La caridad aparente podrá proporcionaros algunas satisfaccio¬nes que provengan de la admiración que despertéis y de la adulación que recibáis, pero lo aparente no llega a mí Reino.

¿Cómo ha de ser justo que os eternicéis en la creencia de que con obras materiales vais a labrar la gloria a vuestro espíritu? Daos cuenta de todas vuestras equivocaciones y errores. Si así como vivís materializados creéis que ese es el fin para el que fuisteis creados, de cierto os digo que el despertar de vuestro espíritu a la verdad, será muy amargo.

Quienes viven esperando de Mí la caridad y pudiendo hacerla en su sendero no la hacen, no han tenido caridad de sus hermanos ni de ellos mismos. Esos son los que han dejado enfriar su corazón, los que han apagado su lámpara, los que se asemejan a débiles pajarillos caídos del nido, o a las hojas secas que en otoño se desprenden de los árboles, para ser llevadas sin rumbo por los vientos.

Si a pesar de vuestra lucha no llegáis a contemplar el fruto de vuestra siembra, no temáis; esta caridad es semejante a la que hacéis con el necesitado que llama a la puerta de vuestro hogar. Descuidad el pago, Yo soy el Padre que premia con justicia las obras de sus hijos, sin olvidar una sola.

Es menester que vuestro corazón se inflame de caridad y fraternidad por todos, participando interiormente de las penas y miserias que afligen a esta humanidad. Así vuestro corazón latirá al compás del mío. Todo el bien que hagáis tendrá su recompensa o, ¿No consideráis que será una compensación para vuestras oraciones la llegada de la paz entre los hombres?

El que ama, no conoce el odio que amarga la vida. El que ama, no conoce el rencor que destroza el corazón y entristece el espíritu. El que ama tiene dulzura en su palabra, en su mirada y en sus obras, su vida es dulce y su muerte corporal tendrá que ser apacible.

Quien no sienta caridad hacia los necesitados, quien no experimente en su corazón el dolor ajeno, no habrá dado el paso que es necesario dar en mi camino para llamarse dignamente discípulo de Cristo.