De la virginidad incomprendida de la Virgen María

Muchos siglos han pasado después de que con mi presencia iluminé a la humanidad y cuando tratan de comprender la verdad sobre la concepción de María, sobre mi naturaleza humana y mi esencia espiritual, la mente turbada de muchos, no han podido comprender, ni su corazón envenenado han concebido aquella verdad.

María fue enviada para manifestar su virtud, su ejemplo y divinidad perfecta. No fue una mujer más entre la humanidad. Fue una mujer distinta y el mundo contempló su vida, conoció su manera de pensar y de sentir, supo de la pureza y gracia de su espíritu y cuerpo. Ella es ejemplo de sencillez, de humildad, abnegación y amor. Y a pesar de que su vida ha sido conocida por el mundo de aquel tiempo y de las siguientes generaciones, hay quienes desconocen su virtud y su virginidad. No se explican el hecho de que haya sido virgen y madre y es que el hombre es incrédulo por naturaleza y no ha comprendido las obras divinas con el espíritu preparado.

¿Cómo es posible que haya quien pueda pensar que María, en cuyo seno se formó el cuerpo de Jesús y a cuyo lado vivió el Maestro, pudiese carecer de elevación espiritual, de pureza y santidad?

Quienes se levanten desconociendo la pureza y perfección de María son torpes, porque en su ignorancia desafían a Dios negando su poder.

Si estudiaran las escrituras y analizaran la encarnación de María y la vida de sus antecesores, llegarían a saber quién es Ella.

Los que niegan la divina Maternidad de María desconocen una de las más hermosas revelaciones que Dios ha hecho a los hombres.

Los que reconocen la Divinidad de Cristo y niegan a María, no saben que se están privando de poseer la esencia más tierna y dulce que existe en mi Mí.

¡Cuántas teorías y confusiones han forjado los hombres! Sobre su maternidad, su concepción y su pureza ¡Cuánto han blasfemado!

Los hombres, sin respeto y sin amor, han osado juzgar la vida de los seres más elevados que Dios ha enviado entre la humanidad, tomando mi propia palabra, como base para sus razonamientos. Si en cierta ocasión llamé a mis discípulos hermanos, no fue la única, ni a ellos solamente a quienes así llamé.

María en su seno virgen llevó el cuerpo de Jesús. La Madre purísima, la azucena sin mancha, fue la encarnación de la ternura materna que en lo divino existe. ¿Por qué Jesús llamándose el hijo de Dios, no había de llamar hermanos a los hombres cuando ellos también son hijos de Dios? ¿Cuándo tendréis la elevación suficiente que os permita dar su justo sentido a lo divino y a lo humano? Comprended que es la única forma de que sepáis dónde están los errores y dónde brilla la verdad.

María; es la pureza incomprendida por la humanidad, virginidad que no puede ser analizada por la mente materializada de los hombres y que sólo puede ser sentida por aquel que se purifique en sus sentimientos.

Si en la Tierra su corazón se sintió lacerado muchas veces hasta la muerte, también en espíritu había de experimentar el dolor de ver su nombre y su pureza profanados por las blasfemias, dudas, juicios y burlas de los hombres materializados.

Si grande concibió al Maestro, así tiene que ser la que se hizo Madre humana para traerlo al mundo.

Sabía María que iba a concebir a un Rey más poderoso y grande que todos los reyes de la Tierra, y ¿Acaso por ello se coronó reina entre la Humanidad?

¿Acaso sus labios pregonaron por las plazas, por las calles, por los hogares humildes o en los palacios, que Ella iba a ser la Madre del Mesías, y que el Unigénito del Padre iba a brotar de su seno? No, la más grande humildad, mansedumbre y gracia hubo en Ella.
Su corazón de madre humana fue dichoso y desde antes de dar a luz, y después, a lo largo de la vida de su hijo, fue madre amantísima, que conocía espiritualmente el destino de Jesús, la misión que había de desempeñar entre los hombres y para que había venido. Jamás se opuso a ese destino, porque Ella es parte de la misma obra.
Si a veces derramó su llanto, era llanto de madre humana, era carne que sentía el dolor de su propio hijo. Más ¿Fue discípula del Maestro, su Hijo? No, nada tenía María que aprender de Jesús.
Jamás la ostentación fue en Ella, jamás turbó la palabra del Maestro, pero así como fue a los pies del pesebre que le sirvió de cuna, así fue a los pies de la cruz donde expiró Jesús, dando el último suspiro en cuanto hombre.

María, a los pies de Jesús el Cristo, estuvo sin exhalar una sola queja ni un reproche para aquella humanidad. Por eso ante el Padre fue grande como mujer, porque es el espíritu de la maternidad universal que existe en Dios.

María me sentía en su espíritu, no llevaba luto por Mí, no lloraba la muerte de Jesús, su dolor era por toda la humanidad.

No tiene reproches para los que le han causado tanto dolor, ni una queja en contra de los que sacrificaron al Hijo muy amado; sólo su amor y su perdón a la humanidad coronan la obra de redención de su Unigénito. Es vuestra Madre Celestial a quien dejo entre vosotros para que la escuchéis y en su regazo os consoléis.

¿No estuvieron juntos Madre e Hijo en la hora suprema de la muerte de Jesús? ¿No se mezclaron en aquel instante la sangre del Hijo, con las lágrimas de la Madre?

María estuvo ahí sin exhalar una sola queja ni un reproche para aquella turba
Por eso es fue grande como mujer, porque es el Espíritu universal
¡María, Es la ternura divina!
Dicho esto, comprended cuándo os hablo de mi amor hecho hombre y mi ternura hecha mujer.

¡Cuánto ha llorado María sobre vuestra miseria! ¡Cuánto es lo que debéis a su ternura y a su amor! Lo mismo a los que la llaman como a los que la ignoran, a todos los hace sentir su calor maternal y la dulzura infinita de su caricia. En verdad os digo que antes que los espíritus lleguen a Mí, tienen que encontrar en su camino a María la divina Madre.

El que me ame, antes tendrá que amar todo lo que es mío, todo lo que Yo amo.

Si estudiais las profecías de los tiempos pasados, comprobaréis que estaba anunciada mi nueva manifestación. ¿También la presencia de María estaría anunciada? De cierto os digo, que si interpretaseis bien las profecías de Juan el Apóstol, encontraríais que su presencia había de ser también en este tiempo.

Para que Ella fuese tenida en cuenta por la humanidad, y para que sea también amada y su ejemplo no se borre del corazón de los hombres, Jesús el Divino Maestro, sangrando en el madero, dedicó una de sus siete palabras diciéndole: “Madre, ¡He ahí a tu hijo! y diciendo al hijo, que en ese instante era Juan, el apóstol del Señor: Hijo, ¡He ahí a tu Madre”!

Con esto quiso el Maestro dejar a Juan, representando a la Humanidad y crear en el corazón de los hombres un santuario de amor y de respeto para la Madre Universal.

Os bendigo diciéndoos que, doquiera se recuerda la Natividad de Jesús, estará presente el dulce manto de vuestra Madre Celestial, quien se hizo mujer para que, a través de su seno, pasara Dios al hacerse hombre.