De La Virgen María, La ternura de Dios

Quiero hablaros de María, mi Madre en cuanto hombre y Madre espiritual de vosotros.

Es menester que el corazón humano conozca a fondo el precioso mensaje que su Espíritu trajo al mundo.

Yo, el Verbo, me hice hombre en el Segundo Tiempo, para mostraros mi divino amor; no desdeñé vivir entre vosotros en carne humana. Quise ser hijo de esta humanidad, para sentirme más suyo, para que me viera más cerca; aquella mujer que ofreció su seno, para que en él se hiciera hombre el Verbo, era por su pureza e inocencia, el templo digno de quien la había elegido como madre humana. María era la flor de un linaje preparado por el Señor, muchas generaciones antes que Ella naciera.

Sólo Ella podía haber llevado en su seno la semilla de Dios; y ser digna de quedar como Madre espiritual de la humanidad.

Cuando aquella mujer hubo llegado a su edad de doncella, fue desposada. El Padre le envío un ángel para anunciarle su misión. Mas, ¿Cómo sorprendió a la virgen desposada? Orando, y al encontrarla preparada, le dijo: “Salve, oh María, el Señor es contigo, bendita Tú entre las mujeres" que has hallado gracia delante de Dios. No temas, que tu seno concebirá a Aquél que ha de reinar en la casa de Jacob y su reinado no tendrá fin”.

Su paso por el mundo, aunque más largo que el mío, porque llegó antes y se fue después, fue corto; sus palabras breves y dulces fueron una caricia celestial.

El mundo vio con indiferencia su paso por la Tierra, mas en verdad os digo, que hoy conoceréis su dulce voz de Madre, que es arrullo, consuelo, esperanza y bálsamo.

Unos la reconocen, otros la niegan, sin embargo, Ella, tierna y amorosa, extiende su divino manto sobre el Universo, también salva y redime, si en cuanto a mujer, su vientre fue el arca donde estuvo depositado el cuerpo de Jesús, ¡Cuánto no guardará su espíritu para todos sus hijos!

María no es solamente la mujer que en el Segundo Tiempo concibió al Redentor. Yo digo a toda la humanidad, a todas las sectas y religiones, a todas las razas y a todos los seres, que María es la esencia maternal divina que siempre ha existido en Mí; es la esencia femenina Universal que podéis descubrir y contemplar en todas las obras de la Creación; es el Espíritu maternal, es la intercesión y el seno que amamanta.
María, representa la pureza, la obediencia, la fe, la ternura y la humildad. Cada una de esas virtudes es un peldaño de la escala por donde Yo descendí al mundo para hacerme hombre.

Es la misma que os presento para que a través de ella ascendáis hacia Mí.

María es el seno matero, buscadla y me encontraréis a Mí.

Ella es la esposa de mi pureza, y de mi santidad; es mi Hija al hacerse mujer y mi Madre al concebir al Verbo encarnado.

María es el espíritu fundido de tal manera a la Divinidad, que constituye una de sus partes como lo son sus tres fases: El Padre, el Verbo y la luz del Espíritu Santo. Así María es el Espíritu de Dios que se manifiesta y representa la ternura divina.
¿Por qué juzgarla humana, si fue la hija predilecta, anunciada a la humanidad desde el principio de los tiempos como la criatura en quien se encarnaría el Verbo Divino?

Ella está en el mismo Padre y vino a encarnarse sólo para cumplir aquella hermosa y delicada misión y ¿Aquel corazón de Madre insigne se concretó a amar solamente a su Hijo amantísimo? No, en verdad. A través de aquel pequeño corazón humano, se manifestó el corazón maternal en consuelo y en palabras sublimes, en consejos, en caridad, en prodigios, en luz, y en verdad.

Desde el principio de la humanidad, os fue profetizada la venida del Mesías, también María os fue anunciada y prometida.

Esa mujer, esa virgen, es María, la que volverá a concebir en su seno, no a un nuevo Redentor, sino a un mundo de hombres que en Ella se sustenten de amor, de fe y de humildad.

Siglos antes de mi presencia a través de Jesús, el profeta Isaías dijo: Por lo tanto el Señor os dará esta señal "He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo que se llamará Emmanuel" (Que quiere decir "Dios con nosotros"). Con esta profecía entre otras anunció mi advenimiento.

En Nazareth vivía una flor de pureza y de ternura, una virgen desposada, llamada María que era precisamente la anunciada por el profeta Isaías, para que de su seno surgiese el fruto de la Vida Verdadera.

Sólo de una flor pura como ella podía brotar el fruto que diera la redención a la humanidad.

Desde el Primer Tiempo, los patriarcas y profetas hablaron del Advenimiento, de la venida del Mesías. Mas Él, no vino solamente en Espíritu, vino a encarnarse, a hacerse hombre, a tomar carne de una mujer. La esencia maternal divina tuvo que encarnarse también, y a hacerse mujer, como una flor de pureza; para que de su corola brotase la fragancia, el perfume del Verbo de Dios que fue Jesús.

Ella es modelo perfecto para toda mujer, porque la misión de todas ellas es delicada, noble y abnegada hasta el sacrificio.

La mujer despierta el corazón del niño al amor, encauza los sentimientos del hijo por la senda del bien, enjuga sus lágrimas cuando llora y lo consuela cuando sufre. Es la madre quien enseña al hijo la primera oración y le revela la existencia del Creador.

¿Veis esas flores que ocultan con humildad su belleza? Así fue y así es María: un caudal inagotable de belleza para el que sabe mirarla con limpidez y respeto, y un tesoro de bondad y de ternura para todos los seres.

Si la buscáis en la soledad de la noche, en el silencio que nada perturba, allí en el Cosmos, la encontraréis, y si la buscáis en la fragancia de las flores, y en el corazón de vuestra madre, allí la tendréis. Si la queréis encontrar en la pureza de la doncella, allí la miraréis también, y así como en tantas obras donde se refleja la imagen del eterno femenino que existe en Dios y está en toda la Creación.
María pasó por el mundo en silencio, pero llenando de paz los corazones, intercediendo por los necesitados, orando por todos y finalmente derramando sus lágrimas de perdón y de piedad sobre la ignorancia y la maldad de los hombres. ¿Por qué no buscar a María si queréis llegar al Señor, si a través de Ella recibisteis a Jesús?

Nada tiene de extraño que en este Tiempo la busquéis para que os guíe y os acerque a Dios.

¡Cuán profundo ha sido el dolor que el mundo ha clavado en el corazón de su Madre y con cuánta ternura ella esconde sus lágrimas, para mostraros tan sólo la dulzura de su sonrisa y lo amoroso de sus caricias! Siempre entre mi justicia inexorable y los pecados de los hombres se levanta su intercesión.

Buscadla espiritualmente; no pongáis delante de vosotros efigie alguna para sentirla cerca. Ella es la ternura de Dios, que habéis visto manifestarse en todos los tiempos. Es vuestra intercesora divina. Amadla, para que Yo pueda decirle nuevamente: "¡Madre, he ahí a tu hijo!"