¡El infierno no existe, el cielo sí!


¿Creéis que Yo, vuestro Padre, haya creado lugares expresamente destinados para castigaros y vengarme así eternamente de vuestras ofensas?

Yo no creé la muerte ni el infierno, porque al concebir mi Espíritu la idea de la creación, sólo sentí amor y de mi seno sólo brotó vida; si la muerte y el infierno existiesen, entonces tendrían que ser obras humanas, por pequeñas; y nada de lo humano es eterno.

El hombre es el que con su imaginación ha creado la muerte y además ha creado infiernos y glorias según su pobre entendimiento: ¿Qué conceptos justos podrá tener de mi existencia, de mi justicia y de la verdad sobre la vida eterna? Sólo confusión hay en el corazón de la humanidad, la cual forma parte de los cimientos donde descansan las creencias de las mayorías.

Los que tal concepto se forman, son los que han interpretado erróneamente algunas de mis revelaciones, equivocándolas en su sentido. Si eso fuera cierto y posible, seria tanto como declarar la derrota del amor, del bien y de la justicia. ¿Qué objeto tuvo entonces que hubiera humanizado mi pasión, mi muerte y mi presencia en cuanto hombre entre vosotros?

¿Cómo condenar al espíritu del hombre, que es mi hijo muy amado al exterminio o al dolor eterno, cuando su pecado sólo es pasajero y es producto de su ignorancia? ¿Cómo condenar a un ser que en si lleva mi propia naturaleza divina?

No hay más infierno en este mundo, que la vida que habéis creado con vuestras guerras y odios, y en el Más Allá no existe más fuego que el remordimiento del espíritu que no cumplió con mi Ley, cuando la conciencia divina le muestra sus errores.

El infierno es el símbolo de las grandes penas, de la desesperación, del dolor y la amargura de los que han pecado grandemente y de cuyas consecuencias se librarán mediante la evolución de su espíritu hacia el amor.

¡Cuán fácilmente muere el cuerpo! pero qué difícil es para el espíritu que no supo prepararse espiritualmente, poder librarse de la confusión y de la turbación. ¡Ese es su infierno!

¿Qué lograría de vosotros si en verdad os diese como castigo lo que llamáis el fuego eterno? Que blasfemaseis eternamente en contra de un Dios a quien juzgaríais injusto, cruel y vengativo.

Cuán deforme e imperfecto es ese dios en la forma en que tantos lo imaginan; qué injusto, monstruoso y cruel. Reuniendo todos los pecados y crímenes que hayan cometido los hombres, no pueden compararse con la perversidad que significa el castigo del infierno para toda la eternidad al cual, según ellos, condena Dios a los hijos que pecan. ¿No os he explicado que el atributo más grande de Dios vuestro Padre Creador es el amor? ¿No creéis, entonces, que un tormento eterno sería la negación absoluta del atributo divino del amor eterno que os tengo?

Mi palabra no desciende a atacar creencia alguna. Si alguien pensase esto, está en grave error. Mi palabra viene a explicar el contenido de todo aquello que no ha sido debidamente interpretado y que por lo tanto, ha producido confusiones que se han transmitido de generación en generación entre la humanidad.

¿Qué es el cielo?

Vosotros creéis que el Cielo es una región en el infinito, adónde podréis llegar mediante un sincero arrepentimiento de vuestras faltas, en la hora de vuestra muerte material, confiando en que seréis perdonados en aquel instante y conducidos por Mí al Reino de los Cielos. Sin embargo, Yo os digo que el Cielo no es un sitio, ni una mansión, en el infinito. El Cielo es la felicidad suprema a dónde llega un espíritu por el camino de su cumplimiento.

Ese infinito de que os hablo, nunca lo podréis medir con vuestra mente, porque os habla de ternura, de luz, de pureza, de sabiduría, de verdadero amor y de perfección, porque todo ello no tiene principio ni fin, ya que son atributos de Dios vuestro Padre Creador.

No limitéis más, lo divino. ¿No comprendéis que si el Cielo fuese como creéis, entonces ya no sería infinito? Ya es tiempo de que comprendáis la vida espiritual de una manera más elevada, aunque vuestra concepción limitada por vuestro materialismo no alcance a abarcar toda la realidad, pero que al menos se aproxime a ella.

Todos deseáis salvaros; y queréis escapar de la restitución del espíritu y todos soñáis con conocer el Cielo; mas Yo os digo que es bien pequeño el esfuerzo que hacéis por lograr todo esto y que muchas veces, en vez de buscar los medios que podrían ayudaros a conseguirlo, huís de ellos.

¿En quién está el permitiros que penetréis en el cielo, en Mí que siempre os he llamado, o en vosotros que habéis permanecido sordos?.

¿Por ventura creéis que sea indispensable sufrir en la Tierra para merecer el Cielo? No, humanidad, lo único que lográis con el sufrimiento es cierta purificación, porque la verdadera y absoluta pureza del espíritu solamente se logra por medio del amor y el cumplimiento que os inspira mi Ley.

Muchos Temen mancharse en el mundo creyendo con ello perder el Cielo; y están en un error, porque el Cielo nadie lo perderá, la eternidad es la divina oportunidad que vuestro Creador os da para que todos lleguéis a Él.

Cuántos son los que sueñan en morir, con la esperanza de que ese momento sea el de su llegada ante Mí para adorarme eternamente en el Cielo, sin saber que el camino es infinitamente más largo de lo que ellos han podido creer.

El espíritu, a medida que se eleva, cumpliendo con la Ley Divina, amplía el mundo en que habita; así, al llegar a su perfección, dominará el infinito, porque todo en él será luz, tendrá armonía con su Padre y con todos sus hermanos, ese será su cielo, y su gloria. ¿A qué más puede aspirar vuestro espíritu, sino a la paz eterna, a la sabiduría, a la felicidad de amar y saberse amado?

Tened siempre presente que el espíritu que alcanza los altos grados de la bondad, de la sabiduría, de la pureza y del verdadero amor, está más allá del tiempo, del dolor y de las distancias. No está limitado a habitar un sitio, puede estar en todas partes, y encontrar en todo un supremo deleite de existir, de sentir, de saber, de amar y saberse amado.¡ Ese es el cielo del espíritu!