La lucha en contra de los vicios

En todos los órdenes contemplo débiles a la mayoría de los hombres; ¿Y esto en qué consiste? En que no tenéis el valor y la fuerza de voluntad suficiente para salir de la inmundicia en que os encontráis, esto es el principio de todos los vicios, y de todos los errores.

¿Cuándo venceréis en esta lucha interior? La fortaleza sólo la podréis encontrar en vosotros mismos.

De un lado están la buena voluntad, la razón, la justicia y la caridad; del otro lado se alzan las insanas pasiones humanas; pero será la luz la que triunfará sobre las tinieblas; si Yo supiera que no habría de ser así, no os permitiría que os empeñaseis en una lucha inútil y estéril para vuestro espíritu.

La carne en su debilidad es caprichosa y sensual; ama lo bajo y por lo tanto hay que gobernarla con amor. ¿Quién podría cumplir mejor esa misión sino el espíritu dotado de fuerza, luz, inteligencia y voluntad? Para que el adelanto y la evolución del espíritu alcanzara a tener méritos ante Dios y ante sí mismo le fue concedido el libre albedrío o sea la libre voluntad para elegir el camino del bien o del mal, ascendiendo o descendiendo por sí mismo.

Voluntad para vencer el mal es lo que necesitáis, y esa fortaleza para vuestro espíritu viene a dárosla mi palabra. La batalla más grande y noble, en la que quiero veros vencedores, es la que vais a sostener en contra de vosotros mismos, para llegar a dominar vuestras pasiones y tantos vicios que han enfermado a vuestro espíritu, mente y cuerpo. Es una lucha de potencia a potencia.

Al hablaros de lucha, Yo me refiero a la que debéis desarrollar para vencer vuestras debilidades y pasiones. Esa lucha es las única que permito a los hombres para que dominen su egoísmo y su materialidad, a fin de que el espíritu tome su verdadero sitio iluminado por la conciencia. Esa batalla interior sí la autorizo, mas no aquella que hacen los hombres con el deseo de engrandecerse, cegados por la ambición y la maldad.

Yo he dejado que así acontezca por razón del libre albedrío que os he dado, porque detrás de toda la perversidad, de todas las tinieblas y de la ofuscación de los hombres, hay una luz divina; la conciencia que no se pierde y no se perderá jamás, Porque la conciencia es mi propia voz.

Por eso os invito a que os apartéis de tantas tentaciones y vicios que acechan vuestro paso en este tiempo. Orad por el mundo, donde tantas mujeres se pierden, muchos santuarios se profanan y donde tantas lámparas se apagan a temprana edad.

¿Cuál sería el mérito de los hijos de Dios, si no lucharan? ¿Qué haríais si viviéseis llenos de felicidad, como lo deseáis en el mundo? ¿Rodeados de comodidades y riquezas, podríais esperar el progreso espiritual? Estaríais estancados porque no existe el mérito donde no hay lucha.

No sólo os reclamaré por lo que los hombres hayan hecho de las vidas ajenas; también les reclamaré de lo que hayan hecho de su propia vida y de su cuerpo. Muchas veces abreviáis vuestra existencia envejeciendo prematuramente, consumidos muchas veces por causas de los vicios e insanas pasiones.

Yo con sólo quererlo ya seréis limpios ¿pero qué mérito tendría que Yo fuera quien os purificara? ¡Que cada quien restituya sus faltas a mi Ley, eso sí tiene mérito, porque entonces sabréis evitar en lo futuro las caídas y errores, porque el dolor os lo recordará!

Comprended que mi ley no ha pasado y que mi voz os habla incesantemente a través de la conciencia; mas los hombres siguen siendo paganos e idólatras. Aman a su cuerpo, halagan sus vanidades y consienten sus debilidades; aman las riquezas de la tierra, a las cuales les sacrifican su paz y su futuro espiritual. Rinden culto a la carne, llegando a veces a la degeneración y hasta a la muerte por ir tras de los placeres insanos.

Dejad que vuestra conciencia haga su voluntad por sobre lo que piense vuestra mente y espíritu, ya que es ella la que verdaderamente se da cuenta de la misión que sobre el espíritu pesa. Mirad que si en lugar de seguir los dictados de la conciencia, os inclináis a obedecer los impulsos de la carne, pronto retornaréis al camino de la lucha estéril, al mundo de las frivolidades y de la vanidad, en donde vuestro espíritu se sentirá vacío y triste.

Os enseñé a dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, mas para los hombres de hoy sólo existe el César y a su Señor nada tiene que ofrecerle. Y si al menos le dieseis al mundo lo justo, vuestras penas serían menores; pero el César que habéis puesto delante de vuestras acciones, os ha dictado leyes absurdas, os ha convertido en esclavos y os quita la vida sin daros nada en compensación.

Cuando a través de vuestra conciencia descubráis el origen de vuestras aflicciones y pongáis todos los medios para combatirlo, sentiréis en plenitud la divina fuerza, ayudándoos a vencer en la batalla y a conquistar vuestra libertad esiritual.

¡Con qué satisfacción se yergue el espíritu después de librar una batalla y salir vencedor en ella! ¿Qué satisfacción podrían experimentar aquellos que sin mérito alguno recibiesen algún bien de su Padre? Esos no sabrían estimar lo que recibieron, ni sabrían conservarlo, ya que ningún esfuerzo o sacrificio les costó obtenerlo; pero el que ha conquistado la salud y la paz, después de grande lucha, no se expone a perderla, la cuida y vela por ella. El que a base de renunciaciones y sacrificios recupera la salud no vuelve a ponerla en peligro, porque sabe cuánto le costó lograrla.

Seréis el hijo pródigo que retorna arrepentido a la casa paterna, y os recibiré con amor para haceros recuperar vuestra heredad.