¿Cómo dejar los vicios y las bajas pasiones?

Esta humanidad, se encuentra espiritualmente cansada y enferma, por su largo peregrinaje, doblegada por el peso de su errores, marchita y desengañada.

Existen en este mundo, muchos enfermos del espíritu, del corazón, de la mente, y del cuerpo, presos de los vicios a causa del abuso que han hecho del don del libre albedrío.

Más para ayudarle en su camino he abierto el Libro de la Vida, en el cual descubrirá el secreto de la paz, de la juventud eterna, de la salud y de la verdadera alegría.

Humanidad: Os habéis acostumbrado a vuestra forma de vivir, que el mal existente manifestado en diversas formas, os resulta tan familiar, que ya no os detenéis a reflexionar sobre las causas que lo originan.

Contemplad el dolor por doquier, la niñez abandonada, la juventud penetrando en el fango y la infidelidad en el matrimonio.

Y si esto habéis hecho de la vida humana. ¿Qué podréis decir de cuanto habéis hecho y dejado de hacer respecto a la vida y leyes que corresponden a vuestro espíritu? Lo habéis dejado que se aleje tanto de la fuente de la vida eterna, de la verdad, de la justicia y del verdadero amor, que están en vuestro Creador, que debiendo ser el Señor en el mundo, ha pasado a ser un siervo ultrajado y humillado. Ha quedado el espíritu sometido a las debilidades e inclinaciones de la materia, de las bajas pasiones y de los vicios.

No solamente los adultos corren atraídos por los placeres del mundo, y de los vicios; también los adolescentes y hasta los niños, ha llegado el veneno acumulado a través de los tiempos. Y quienes han logrado escapar de tan funesta influencia de maldad ¿Qué hacen por los que se han perdido? ¡Juzgarles, censurarles y escandalizarse de sus actos!

El hombre se ha hecho doblemente culpable, no solamente porque no hace ningún esfuerzo para que caiga la venda que le impide el conocimiento de las enseñanzas más elevadas, sino porque no se ha desligado de los lazos de la materia que lo llevan a los placeres corporales, en oposición a los placeres espirituales; y es por eso que se ha esclavizado bajo el imperio de las pasiones, dejando que su espíritu se asemeje al paralítico que nada hace por sanarse.

Si os hablo así, no es porque venga a exigiros la suprema perfección, sino a pediros que hagáis un esfuerzo por alcanzarla. ¿De qué sirve que Yo os sane y aparte vuestro dolor, si no apartáis de vosotros vuestros errores, pecados, vicios e imperfecciones?

Mas Yo os digo que si queréis habitar en ese abismo de materialidad y de ignorancia, si sólo desáis recoger el sabor de los frívolos placeres y de las bajas pasiones, cuando menos no culpéis a Dios de vuestros dolores.

Si entre risas, placeres y vanidades, los hombres se olvidan de Mí y hasta me niegan, ¿Por qué se acobardan y tiemblan cuando están recogiendo la cosecha de lágrimas que atormenta a su espíritu y a su cuerpo? Entonces blasfeman diciendo que Dios no existe.

Es valiente el hombre para pecar, decidido para salirse fuera del camino de mi Ley; mas Yo os aseguro que es demasiado cobarde cuando se trata de restituir y de saldar sus deudas. Sin embargo, Yo os fortalezco en vuestra cobardía, os protejo en vuestras flaquezas, os despierto de vuestro letargo, enjugo vuestras lágrimas y os doy nuevas oportunidades para que recuperéis la luz perdida y volváis a encontrar el camino olvidado de mi Ley.

Ante este mal reinante, manifestado en tantos errores, vicios y profanaciones, la humanidad se pregunta:

¿Cuándo veremos el respeto mutuo entre padres e hijos y entre esposos? ¿Cuándo se terminarán los vicios, La degeneración moral y las bajas pasiones? ¿Cuándo volveremos a ver inocencia en los niños, pureza en las doncellas, rectitud en los varones, en una palabra, verdadero y respeto amor entre la humanidad?

Yo os digo: Cuando el orden de vuestra vida cambie y aprendáis a mirar fuera de vosotros, cuando desaparezcan el egoísmo, la soberbia, el orgullo y la vanidad: cuando seáis útiles a los demás, cuando desaparezca la maldad, y la mentira ya no sea tomada como verdad, cuando los vicios ya no tengan tanta fuerza entre hombres y mujeres, cuando reconozcáis que no debéis de disponer de la vida de un semejante, ni de vuestra propia vida; cuando comprendáis que no sólo son asesinos los que quitan la vida del cuerpo, sino aquellos que matan la fe, roban la honra y matan los sentimientos; cuando os perdonéis los unos a los otros.

Yo os di el don del libre albedrío y he respetado esa bendita libertad concedida a mis hijos; pero también puse en vuestro ser la luz divina de la conciencia, para que guiados por ella encaucéis vuestros dones; y Yo os digo que en la lucha del espíritu y la materia, ha sufrido el espíritu una derrota, una caída dolorosa, que poco a poco lo ha ido alejando más y más de la fuente de la verdad.

Mas su derrota no es definitiva, es pasajera, porque del fondo del abismo se levantará cuando ya no pueda soportar su hambre, su sed, su desnudez y sus tinieblas.

Que no sea más la materia dueña y señora, ni cárcel ni verdugo, dejad que vuestro espíritu se libere, que rechace las inclinaciones inmundas, como quien ahuyenta al lobo que a cada paso le acecha.

Para poder vencer en todas las pruebas, os digo: Velad y orad, para que siempre estéis alerta y no seáis sorprendidos por la tentación. Mirad que el mal tiene gran sutileza para probaros, para haceros caer, para venceros y aprovecharse de vuestra debilidad. Sed perspicaces, para que sepáis descubrirlo.

Yo quisiera que siempre fuera mi amor de Maestro el que os enseñara el camino y la finalidad de la vida, pero vosotros habéis preferido que sea el dolor el que os enseñe.

Ya pasaréis de ese amargo maestro a recibir las lecciones del que os enseña con dulzura.

Hoy muchos maldicen el dolor, pero mañana lo bendecirán como a un maestro que les enseñó bellas y elevadas lecciones.

Si los hombres rindiesen tributo a la verdad, al amor, a la justicia y al bien, que son atributos de mi Espíritu, ¿creéis que en el mundo existiera el dolor, la guerra, el hambre, la confusión, los vicios y la muerte? De cierto os digo, que nada de ello habría en vuestra vida y sí habría paz, salud del espíritu y del cuerpo, habría fortaleza y bienestar.

Por eso vengo en ayuda de los que han equivocado el camino y no los sentencio porque aún pueden arrepentirse y evitar nuevas caídas.

Yo sí creo en vosotros, conozco la simiente que hay en cada hijo mío, porque Yo lo formé, porque le dí vida con mi amor.

Yo sí espero del hombre, sí creo en su salvación, en su dignificación, en su elevación y su regeneración.